sábado, 12 de abril de 2014

Cuando leer es pecado


Para Paulette Petras la lectura de un cuento de hadas es una tortura intolerable. Prefiere la realidad incómoda a la ficción que nos hace felices: prefiere Dostoievski a Dickens; Céline a Proust; Onfray a Sartre; o, dicho de otra manera, cada desviación de la verdad le parece un pecado estético.

4 comentarios:

  1. Adorable, vehemente y sacrílega, Paulette:
    Creo que era San Agustín quien decía que entre dos males es imposible elegir. Yo soy, además, partidario de no elegir entre obras geniales. ¿Para qué elegir entre Dostoievski y Dickens, si puedo disfrutar de ambos? (Claro que quizás tú seas incapaz de disfrutar del segundo. En cuyo caso, sobran mis palabras).
    Eso sí, decir, o dar a entender, que Proust practicaba una ficción de final feliz es no haber profundizado en su obra. Te invito a que leas sus novelas que describen como pocas casi cada una de las características que hacen al ser humano como es. Sus novelas están llenas de envidia, de celos, de mentira, de consciencia (sé que la "s" queda un poco arcaica) del paso del tiempo, de tristeza por la pérdida de los seres queridos, de frivolidad, de cariño, de amor al arte,... Son tan reales como la vida, pero constantemente sublimes. (Ahora, bien. Cada cual tiene sus gustos).
    Por último, la realidad incómoda expresada de la manera en que la expresan esos autores también nos puede hacer felices.
    Disculpa que discrepe un poco en mi comentario, aunque entiendo lo que dices y lo comparto en cierto modo: Tampoco me gustan las novelas edulcoradas y considero que suelen ser mediocres.
    Un besazo, Paulette.

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    1. Impulsivo, exaltado y jacobino, Jose:

      Me entristece que no hayas entendido mi última entrada. ¿ Por qué pones en mi boca palabras que yo no he dicho, como que “Proust practicaba una ficción de final feliz”? No habré terminado de leer los siete tomos de "En busca del tiempo perdido", como tú, pero sé muy bien el sufrimiento que encierran sus páginas. Todo en Proust es excepcional, y es precisamente esa excepcionalidad lo que me hace huir en estos momentos de él y caer en brazos de Dostoievski; antes lo consideraba un pesado y ahora lloramos juntos por el hijo muerto. Decía Faulkner, al final de "Las palmeras salvajes", que “entre el dolor y la nada, elijo el dolor”. ¡Cómo me conoce!

      Y disculpa que discrepe acerca de las novelas edulcoradas, son ideales para dormir boca arriba en la playa con el libro sobre la cara y las manos paralelas al cuerpo.

      Un beso enorme de tu sacrílega,

      Paulette

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  2. Disculpa, Adorable, que te haya entendido mal. Desde el momento en que publiqué el comentario, pensé que me había mostrado algo (muy) petulante con eso de invitarte a profundizar en la obra de Proust. ¿Quién soy yo para saber el conocimiento o el aprecio que puedes tener de y hacia su obra? Como dices, fui un poco impulsivo.
    Tienes razón, puse palabras en tu boca, porque más que ceñirme a lo que escribiste, lo interpreté. De manera equivocada. Lo siento.
    Sobre las novelas edulcoradas, no es exactamente que discrepemos. Es que no me gusta la playa, por lo que no puedo disfrutar de su cualidad de parasol.
    Ah, lo de sacrílega, que conste, es algo positivo. Recuerda que soy ateo.
    Espero no haberte molestado con mi comentario. El tono de broma del comienzo y el final de tu mensaje me da a entender que te lo has tomado a bien. Incluso interpreto, espero que ahora bien, que cuidas el detalle de que el beso sea "enorme" para que no me quede mal pensando que me has echado un rapapolvo.
    Otro beso, avergonzadamente humilde, pero igualmente grande, Paulette.

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    1. Querido Jose,

      Parafraseando a Proust, mis besos tienen el tamaño de aquellos que ama.

      Un beso enorme,

      Paulette

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